Una vedette desplumada
La educación inicial, esa que contiene a niños y niñas desde que son bebés de 45 días, no sólo cumple con la función de asistir y acompañar desde la comunidad a madres y padres que trabajan; también brinda herramientas para el desarrollo y podría colaborar a corregir desigualdades estructurales, aunque para eso el Estado debería asumir su compromiso en esta etapa vital
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La educación maternal es la única franja de formación que no está regulada por el Estado –salvo en la Ciudad de Buenos Aires–. La ley vigente, sancionada en 2006, señala que es obligatoria la educación pública a partir de los 5 años, al tiempo que declama la universalización de las salas a partir de los 45 días. Es decir, no modifica la polémica ley federal sancionada en 1993, que se tragó de un bocado la tradición argentina que data de los años ‘60, y cuida, valora y promueve que la educación pública acompañe sostenidamente esta etapa de la vida. Desde entonces, el Estado debe brindar educación a partir de los 5 años. En la Argentina, pionera en Latinoamérica con su primer jardín de infantes –el famoso Kindergarten de Paraná, que cumple 125 años–, las salas que existían para los más pequeños se cerraron.
LA VEDETTE
Los jardines maternales, ¿por qué deberían ser la vedette de la educación?
“Porque si llegás a tiempo con una escuela infantil a una zona de grupos populares y tomás a los chicos de más temprana edad, asegurás este binomio de cuidado y enseñanza, que es clave. Trabajás cosas que interrumpen este circuito perverso de a mayor empobrecimiento social, mayor empobrecimiento educativo”, dice Patricia Redondo, directora del posgrado Primera infancia y la educación de Flacso y ex directora de Nivel Inicial de la Provincia de Buenos Aires.
“Porque los chicos que no tienen educación inicial están en desventaja comparativa con los que sí la reciben; porque cuando ingresan al sistema primario, sobre todo los más desfavorecidos económicamente, ya se encuentran en retraso. Este es el punto de partida de la desigualdad, y sigue, porque tampoco hay vacantes para las escuelas primarias en las zonas más pobres. Es una violación al derecho a la educación, una violación al derecho a la igualdad”, dice Nuria Becu, de ACIJ.
“La etapa de la primera infancia, como instancia de formación, no se recupera. No podés volver en otro momento, como con la primaria. Y los sectores más empobrecidos no pueden acceder, por eso debe ser el Estado el encargado de garantizarla. Esta perspectiva tiene una fuerte resistencia de los sectores conservadores, como la Iglesia, que entiende que los niños deben ser formados y educados por las familias, sobre todo en el primer tiempo de vida. Debería ser obligatorio que el Estado se hiciera cargo y lo garantice para todos los sectores sociales. Porque, si no, al nivel inicial simplemente acceden los que pueden pagar un jardín privado”, afirma María Isabel Ortega, de Ctera.
“No hay nada que pueda considerarse natural en la crianza de los niños. En sus primeros años, la impronta cultural está presente con mayor fuerza que en los años posteriores, porque se imprimen las pautas más privadas de la tradición familiar. En el maternal se enseñan y se aprenden contenidos de la cultura: el acto social de comer, los modos de descansar y las maneras de dormir, la interacción entre pares. Aparece el lenguaje y la marcha. Se comparte ese momento de autonomía que significa para ellos pararse en sus dos piernas y caminar, mirar el mundo desde otra altura, con sus dos manos disponibles. Cosas básicas pero fundantes para la constitución de su personalidad, de su autoestima, de la capacidad de compartir, de la tolerancia”, dice Marta Muchiutti, directora de Educación Inicial de la Nación.
Hace 15 años
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